Durante los últimos días estoy habitado por dos muchachos de 13 años.
Uno es mío, pero no me pertenece. El otro, ido hace tiempo, reapareció
en un diario de vida iniciado en septiembre de 1974 que en una de sus
primeras páginas dice: "entro en la adolescencia". Mientras lo leo en
voz alta, el mar peruano ruge.
El diario es un diario de amor y lo confiesa en la segunda página donde ese muchacho que estaba a punto de cumplir 13 años escribió "hace poco fue la primera vez que me enamoré en serio". El cuaderno ajado por el tiempo


Recuerdo las primeras palabras que leí en un libro de Claude Lévi-Strauss: “Odio los viajes y los exploradores”. En seguida fui engullido por su texto y durante semanas cargué con esa gruesa y despiadada crónica de viajes americanos, y especialmente brasileños. Esta mañana el diario anunciaba la muerte de este filósofo antropológico, o viceversa, a los 100 años de edad.
El sobre blanco con remitente italiano esperaba
confundido entre los papeles de oficina acumulados durante una
ausencia. Conocía la mano con la cual se había escrito mi dirección en
tinta azul y por eso supe que iba a iniciar una aventura, que Sandokán
había regresado. Antes de abrirlo lo acaricié un momento y me asaltó,
como una ola gigante, el recuerdo de la isla de Mompracem y el rumor de
mares lejanos que nunca existieron.
Cuenta la leyenda que fue el 29 de octubre por la noche, en 1969. Lejos de cámaras y micrófonos, pues nadie esperaba cambiar el mundo ni mucho menos, encendieron dos de cuatro aparatos que formaban la red primigenia, garabateada en un papelito. Intentaron mandar un mensaje que debía viajar unos cientos de kilómetros. Querían que una computadora dijera a la otra la palabra ‘LOGWIN’, pero sólo llegaron hasta la G. Eran las 22:30, hora de California.
La fiebre de los recuerdos sobre el año 1969 provocada por el 40 aniversario de la llegada a la luna arroja visiones caleidoscópicas. El día comienza con un raro video de caminatas lunares muscalizado por Pink Floyd, que muestra a coquetos hombrecitos disfrazados de astronautas saltando como conejitos en un lugar inquietante, con colores que hace rato comenzaron a desvanecerse. Memorias de un pasado en el cual teníamos tantas nostalgias del futuro.
Por estos días millones de personas en todo el mundo tratan de retroceder a través del tiempo, unos 40 años, para recordar qué estaban haciendo el 20 de julio de 1969. Intento hacer esa travesía con resultados deplorables: veo una televisión en blanco y negro y una vida que transcurría en technicolor. Pero me falta el momento justo: ¿qué pasó a mi alrededor cuando el primer terrícola puso un pié en la luna? 
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