Los 13 años (y el ruido del mar)

Luis Durante los últimos días estoy habitado por dos muchachos de 13 años. Uno es mío, pero no me pertenece. El otro, ido hace tiempo, reapareció en un diario de vida iniciado en septiembre de 1974 que en una de sus primeras páginas dice: "entro en la adolescencia". Mientras lo leo en voz alta, el mar peruano ruge.


El diario es un diario de amor y lo confiesa en la segunda página donde ese muchacho que estaba a punto de cumplir 13 años escribió "hace poco fue la primera vez que me enamoré en serio". El cuaderno ajado por el tiempo reapareció mientras escarbaba archivos, y estuve hojeándolo no muy sorprendido de encontrar una personita tan soberbia, tan preocupado de lo que pudiera decirle una chica llamada Salvado.

Recuerdo esos días, desde luego, pero mi memoria es más benévola conmigo que este diario.

Veo la cara del otro muchacho de 13 años, del actual, que se ríe mientras corre olas en esta playa del norte del Perú llamada Máncora, donde he venido a buscar el olvido en el ruido del mar, y en vez de eso decido lidiar con estos recuerdos.

Nada de lo que aparece en ese diario lo sabían mis padres, ¿que sabré yo del mundo interior de mi hijo de 13 años este 2011? Ahora los diarios de vida anotados a mano casi no existen, hay blogs si, pero su mundo es el de Facebook y otras redes sociales, en el cual hemos decidido no encontrarnos, para libertad de ambos.

Más allá del amor, el diario ofrece un vistazo al mundo que vivíamos en ese entonces, en Buenos Aires. "La cosa en Argentina está bastante mal", escribió ese niño de 13 años, y agregaba que "mi papá, que es una persona no muy metida en política, se tuvo que ir a casa de un amigo puesto que podrían atentar en su contra".

El 10 de octubre de 1974 anotaba que "recibí la noticia de que a como estaban las cosas casi seguro de que tuviéramos que salir, lo más seguro era Caracas, Venezuela". Y decía que esa noticia me había hecho llorar pues no quería irme de Buenos Aires. Pero no se dio, y allí reaparece un recuerdo que persistía a medias, pues relata que cuando llegué al colegio Dean Funes, en el barrio San Telmo descubrí "que me han preparado una fiesta de despedida, que pasó a ser algo así como mi llegada".

Tardamos dos años más en irnos a Caracas, que se convertiría en mi ciudad. En esos dos años hubo de todo, Argentina se desmoronó, y un día me tocó abrir la puerta a un grupo de cuervos, policías de civil con abrigos negros que preguntaban "nene, ¿está tu papá?". Pero no había nadie, sólo los tres niños. Y después de eso sí que nos fuimos.

Esta parte del mundo ha cambiado tanto. Veo salir al niño de 13 años de ahora y me siento feliz de que no sepa lo que es una dictadura, pero le leo en voz alta lo que escribió el otro en 1974: "En este momento el mundo entero está convulsionado por guerras internas y golpes de Estado, y por la ignorancia de los militares". Tras lo cual agregaba: "el día de hoy me decidí a escribir un poco de poesía".

¿Qué quieres ser de grande?, le pregunto a mi hijo en Máncora, "no sé", dice, y presionado responde con pragmatismo inesperado "ingeniero en minas". Hace años a su edad escribí, "me gustaría ser explorador, arqueólogo, antropólogo, minerólogo, pero por ahora mi carrera es la química". Me quedo perplejo. Pero en ese entonces leía libros de Verne y Salgari, mientras que el muchacho de ahora lee sobre vampiros que deambulan por una Moscú futurista.

¿Crees en dios? Soy ateo, me responde. Yo también, y mucho, y pienso que desde siempre, pero leo del niño de 1974: "no se debe pensar que soy católico, creo en dios pero me parecen absurdos todos los cultos que se le rinden en la iglesia... para mi dios es una fuente de inteligencia casi agotada".

El sol cae implacable sobre Máncora, el cielo está surcado por pájaros enormes, el mar exhibe un azul intenso, insultante. Este es un lugar inquietante, por eso regreso siempre. Continuamos leyendo pedazos del diario en voz alta, las partes del amor lo ruborizan con verguenza ajena de su padre cuando era como él, otras lo hacen reír. Leemos sobre los campamentos scout, en eso estuve, y está él ahora.

Luisyadriano-sep2011 Siento que hay un hilo invisible, irrompible, que une a los dos muchachos de 13 años. Recorremos las callejuelas incendiadas por el sol hacia el mercado de Máncora, rumbo al mejor restaurante del pueblo, el de "Las gemelitas" Lizeth y Lisbeth. Nos tomamos una foto mirando a un cuadro de Jesús. Que calor.

¿Qué estará pasando por su cabeza? me pregunto. No sé por qué, recuerdo novelas de jóvenes, a Enrique y Garrone de "Corazón", o los dos niños de "El gran Meaulnes", quien también andaba prendado del amor. Pero esas son novelas clásicas, de antaño. Ahora hay otros. "Harry Potter tenía 13 años en el prisionero de Askabán", me informa.

El niño de 1974 quería grabar un cassette con música de Joan Manuel Serrat y no le salía bien, según el diario de vida. El del 2011 baja de internet canciones de Morodo y cualquier película que le de la gana.

Esta mañana lo dejé durmiendo. ¿También yo dormía tanto a los 13? Salí a caminar lejos, a una playa vecina llamada Vichayito, donde no había un alma a esa hora. Salvo un petirrojo de pecho escarlata y alas grises que se paró frente mío y me miró dos o tres instantes: ¿significaría algo? El sol comenzaba a salir. Trataba de alejar un pensamiento recurrente que me pesa mucho estos días, con la idea fija de: ¿qué quiero hacer cuando grande? Aunque ¡ya no tengo 13 años! La duda sigue siendo válida.

¿Qué será de mis amigos de 1974? Hay uno que reapareció en mi vida hace poco, de manera absolutamente casual e inesperada, y fue un impacto, porque éramos tan pocos.

Las olas revientan enormes, estos días este océano Pacífico está azul. El muchacho de 13 años con el pelo largo y una especie de trenza al viento parece una imagen del futuro, y lo es. Corre ola tras ola. Luego sale hacia la arena como levitando.

¿Cuántos amigos tienes en Facebook? le pregunto. Muchos más que tú que tienes 101, me dice. Y eso que ese 1 es titilante y lo recuperé apenas hace un par de días. Ni todos mis sueños juntos de los 13 años hubieran bastado para imaginar la internet actual, y recuerdo que perdía horas y horas tirado en un sofá de Buenos Aires pensando en todo tipo de cosas, incluyendo el futuro y otros planetas y autos voladores, y en la forma de las manchas de humedad. Ahora hay poco tiempo para eso, la pantalla llama.

"Tengo 618 amigos en Facebook", me informa. "¿Amigos?", pregunto. Y me dice que es capaz de decirme al menos 10 palabras de cada uno de ellos, lo cual me sorprende. Le pregunto por uno, que conozco pero que él no ha visto aún porque vive acá en Perú. Y su respuesta es clara y al hueso, y toma nota de últimos acontecimientos que el conoce de rebote.

En ese momento miré hacia el mar, como si algo se me hubiera perdido allí. Como si estuviera viendo otra cosa totalmente distinta, una noche reciente con una luciérnaga titilante que se alejaba y se acercaba, frágilmente. Eran los ojos voladores de los 13 años de nuevo. Los cerré, los volví a abrir, y estaba de regreso. Pero cada vez que retorno de esos viajes siento que he perdido algo. Y al mismo tiempo que he cambiado tan poco. Basta leer ese diario de vida.

En un momento en el diario escribí: "¡qué cruel es la vida conmigo! Ahora (supongo), todas las páginas anteriores serán un recuerdo, sólo un recuerdo".

Se lo leo en voz alta, y el muchacho de 13 años se ríe.
                     

( Luis Córdova, escrito en Máncora, enero de 2011. Mirando el mar con Adriano, pensando en la luz titilante de una luciérnaga peruana)

Fotos: la foto en blanco y negro fue tomada por mi tío Ricardo Sanhueza, en nuestra casa de Buenos Aires, aprox. 1974. En ese sofá imaginé toda clase de locuras.

La foto a color en el retaurante Las gemelitas de Máncora ayer.

Escribe un comentario

¿Quieres usar tu foto? - Inicia tu sesión o Regístrate gratis »
Comentarios de este artículo en RSS
Cerrar