Lluvia

Después de una temporada que pareció inusualmente larga, desperté con ‘toda la ternura de la lluvia’. Esa que aparece como un murmullo de madrugada. La imagen la robé, de un tango, que según supe después venía de un poema de amor, fulgurante y húmedo, escrito por un bonaerense que otrora fue conocido por sus aventuras, sus compromisos y sus versos inquietantes. El poema se llama ‘Lluvia’.

El poeta fue Raúl González Tuñon, periodista, contestatario, vagabundo. Corresponsal de guerra, luchador social, republicano en Madrid y explorador urbano. Diría además que es un poeta casi olvidado, o tal vez uno reservado para conocedores, nombrado principalmente en su país, Argentina. Y eso a pesar que es divertido, ácido y universal: “Los ladrones usan gorra gris, bufanda oscura y camiseta a rayas. Por otra parte se enamoran de robustas muchachas, coleccionan tarjetas postales y a veces lucen un tatuaje en el brazo izquierdo, una flor, un barco y un nombre: Rosita”. De sus poemas robé otra secuencia: “la vida es dura amigo / con la filosofía poco se goza”.

Pero estaba contando de un poema de amor, ese donde anuncia que: ‘estoy llenode tu vida y de tu muerte’, y que comienza con esta frase: ‘Entonces comprendimos que la lluvia también era hermosa’. González Tuñón vivió los 20 y los 30 en un Buenos Aires y una España que la distancia agranda y hace añorar, como se añoran algunas cosas imaginadas pero nunca vividas. Florecen las vanguardias. Y sí, en el caso de la Guerra Civil española no hay forma de esquivar la muerte y el sufrimiento.

Es ese Buenos Aires donde llegó Federico García Lorca, ocasión en la cual apareció también Pablo Neruda. Los tres se conocieron entonces, y se reencontrarían en Madrid a partir de 1934. Luego Lorca fue asesinado, y el poeta argentino escribió: “todas las cosas que él amaba crecen”.

Allí consolida su amistad con Rafael Albertí, con Neruda, quien evoca a González Tuñon (y a Alberti) en un fragmento muchas veces citado sobre Madrid: “Mi casa era llamada / la casa de las flores, porque por todas partes / estallaban geranios: era / una bella casa / con perros y chiquillos. // Raúl, ¿te acuerdas? / ¿Te acuerdas, Rafael? / Federico, ¿te acuerdas / debajo de la tierra, / te acuerdas de mi casa con balcones donde / la luz de junio ahogaba flores en tu boca?”.

Busco en internet, no tanto al poeta Gonzalez Tuñón, sino a su mujer de aquellos tiempos, Amparo Mom. Eso porque el poema ‘Lluvia’ empieza con una dedicatoria a ella. Quisiera saber quien era. Pero casi todas las referencias están relacionadas con este poema, con su marido, con otros poetas, con su paso por la revista argentina ‘Crítica’. La mañana transcurre veloz, no busco más. Ella murió a comienzos de los 40, él en 1974. ¿Qué sentiría al leer este poema durante todos esos años?

Aparece una foto en el sitio de Memoria Chilena. En Madrid: “Pablo Neruda y Delia del Carril en Madrid. Los acompañan Raúl González Tuñón y su mujer de entonces, Amparo Mom, y otros, de las Milicias Republicanas”. Ella es la que sonríe a la cámara, presumo. Según los registros, después los cuatro viajaron juntos a Chile.

El poema lo cantó en tango el Cuarteto Cedrón. Hace ya algunos años, cuando andaba de vagabundo por Buenos Aires, fue inaugurada una biblioteca de poesía “Raúl González Tuñón”, y fui a curiosear. Cedrón apareció y cantó unos temas. Ahora busco en casa el libro de ‘Poemas de Buenos Aires’ con gran parte de la obra poética de González Tuñón y no lo encuentro. En Santiago aún llueve, pero el avance del día ha borrado parte de la magia.

Este es el poema de Raúl González Tuñón:

Lluvia
A Amparo Mom

Entonces comprendimos que la lluvia también era hermosa.
Unas veces cae mansamente y uno piensa en los cementerios abandonados.
Otras veces cae con furia y uno piensa en los maremotos que se han tragado tantas espléndidas islas de extraños nombres.
De cualquier manera la lluvia es saludable y triste.
Sus tambores acunan nuestras noches y la lectura corre a su lado por los canales del sueño.
Tú venías hacia mí y los otros seres pasaban.
No habían despertado todavía al amor, no sabían nada de nosotros.
De nuestro gran secreto.
Ignoraban la intimidad de nuestros abrazos voluptuosos, la ternura de nuestra fatiga.
Acaso los rostros amigos, las fotografías, los paisajes que hemos visto juntos, tantos gestos que hemos entrevisto o sospechado, los ademanes y las palabras de ellos. Todo, todo ha desaparecido y estamos solos bajo la lluvia, solos en nuestro compartido, en nuestro apretado destino, en nuestra posible muerte única, en nuestra posible resurrección.
Te quiero con toda la ternura de la lluvia.
Te quiero con toda la violencia de la lluvia.
Te quiero con todos los tambores de la lluvia.
Te quiero con todos los violines de la lluvia.
Aún tenemos fuerzas para subir la callejuela empinada. Recién estamos descubriendo los puentes y las casas, las ventanas y las luces, los barcos y los horizontes.
Tú estás arriba, suntuosa y bíblica, pero tan humana; increíble, pero tan real; numerosa, pero tan mía.
Yo te veo hasta en la sombra imprecisa del sueño.
Oh, visitante.
Ya es seguro que ningún desvío nos separará.
Iguales luces señaleras nos atraen hacia la compartida vida, hacia el destino único.
Ni en nuestra carne ni en nuestro espíritu nunca pasaremos la línea del otoño.
Porque la intensidad de nuestro amor es tan grande, tan poderosa, que no nos daremos cuenta cuando todo haya muerto, cuando tú y yo seamos dos sombras y todavía estemos pegados, juntos, subiendo siempre la callejuela sin fin de una pasión irremediable.
Oh, visitante.
Estoy lleno de tu vida y de tu muerte.
Estoy tocado de tu destino.
Al extremo de que nada te pertenece sino yo.
Al extremo de que nada me pertenece sino tú.
Sin embargo yo quería hablar de la lluvia, igual, pero distinta, ya al caer sobre los jardines, ya al deslizarse por los muros, ya al reflejar sobre el asfalto las súbitas, las fugitivas luces rojas de los automóviles, ya al inundar los barrios de nuestra solidaridad y de nuestra congoja, los humildes barrios de los trabajadores.
La lluvia es bella y triste y acaso nuestro amor sea bello y triste, y acaso esa tristeza sea una manera sutil de la alegría. Intima, recóndita alegría.
Estoy tocado de tu destino.
Oh, lluvia. Oh, generosa.

Fuente: Raúl González Tuñón, Antología Poética, Editorial Losada, Buenos Aires, 3ra edición, 1992.

Que bueno que traes de regreso personajes casi desconocidos para muchos...quizás si Neruda no lo hubiese nombrado o Juan Gelman...tál vez sería desconocido para muchos que no leen poesía...El poema es hermoso y pensar en lo que pudo haber sentido él, tras el paso del tiempo y la partida de su mujer a quien le dedicó esas letras...es bastante difícil. Los poetas en su mayoría tienen su corazón abierto al amor y al desamor, casi de la misma manera. Me gustaría pensar que sentía un profundo amor por ella cuando escribíó Lluvia, quizás el tiempo lo hizo escribir otras letras dedicadas tál vez a otra mujer que llenó su corazón. Muy bello. Saludos.

 

 

- un cronopio es una flor, dos son un jardín -

- Malú -

la poesía de Raúl González Tuñón.................que bueno poder leerla en tu sitio...

 

Realmente una hermosa poesía...

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